miércoles, 18 de noviembre de 2009

Envidia


Cuando entré en la habitación mis ojos se habían vuelto verdes. Supuraban. 
Allí estaba ella. 
Sus grandes y cenizos pechos le dolían a mi rosa tibio.
¿Por qué te veo?, le pregunto.
¿Por qué me importas?, le concedo.
Sólo queda hacer añicos el espejo, de un limpio puñetazo, que quebrando mis dedos, evapore tan soso, bobo, roto, reflejo.
Pero no te rompo, te acaricio. Paso mis dedos finos por tu suave mandíbula y disfruto el chocolate de tu piel, Mujer arena.
¿Te apetece tomar un café conmigo?





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